Cita al libro "Los Orígenes del Totalitarismo"


 

“Los Orígenes del totalitarismo”

 (Prólogo al capítulo “Los Estados totalitarios”)

El manuscrito original de The Origins of Totalitarianism fue concluido en el otoño de 1949, más de cuatro años después de la derrota de la Alemania de Hitler, menos de cuatro años antes de la muerte de Stalin. La primera edición del libro apareció en 1951. Retrospectivamente, los años que pasé escribiéndolo, a partir de 1945, se me aparecen como el primer período de relativa calma tras décadas de desorden, confusión y horror —las revoluciones tras la primera guerra mundial, la ascensión de los movimientos totalitarios y el debilitamiento del Gobierno parlamentario, seguidos por toda clase de nuevas tiranías, fascistas y semifascistas, dictaduras de partido único y militares y, finalmente, el aparentemente firme establecimiento de Gobiernos totalitarios que descansaban en el apoyo de las masas1 : en Rusia, el año 1929, el año de lo que ahora se denomina la «segunda revolución», y en Alemania, en 1933. Con la derrota de la Alemania nazi, parte de la historia llegaba a su fin. Este parecía el primer momento apropiado para examinar los acontecimientos contemporáneos con la mirada retrospectiva del historiador y el celo analítico del estudioso de la ciencia política, la primera oportunidad para tratar de decir y comprender lo que había sucedido, no aún sine ira et studio, todavía con dolor y pena y, por eso, con una tendencia a lamentar, pero ya no con mudo resentimiento e impotente horror. (He dejado mi prólogo original en la edición actual para indicar el talante de aquellos años.) Era, en cualquier caso, el primer momento posible para articular y elaborar las preguntas con las que mi generación se había visto forzada a vivir durante la mayor parte de su vida de adulto: ¿Que ha sucedido? ¿Por qué sucedió? ¿Cómo ha podido suceder? Porque tras la derrota alemana, que dejó tras de sí un país en ruinas y una nación que sentía que había llegado al «punto cero» de su historia, emergieron montañas de escritos virtualmente intactos, una superabundancia de material documental sobre cada aspecto de los doce años que había conseguido durar el Tausendjähriges Reich de Hitler. Las primeras selecciones generosas de este embarras de richesses, que incluso hoy en manera alguna han sido adecuadamente publicadas e investigadas, comenzaron a aparecer en relación con el proceso de Nuremberg de los principales criminales de guerra en 1946, en doce volúmenes de Nazi Conspiracy and agression.

Cuando en 1958 apareció la segunda edición (de bolsillo), estaba ya disponible en bibliotecas y archivos mucho más material documental y de otro género, referente al régimen nazi. Lo que yo entonces aprendí era suficientemente interesante, pero apenas exigía cambios sustanciales tanto en el análisis como en el argumento de mi estudio original. Parecía aconsejable realizar numerosas adiciones y sustituciones de citas en las notas, y el texto fue considerablemente ampliado. Pero estos cambios eran todos de naturaleza técnica. En 1949, los documentos de Nuremberg eran conocidos sólo parcialmente y en su traducción inglesa, y gran número de libros, folletos y revistas, publicados en Alemania entre 1933 y 1945, no estaban todavía disponibles. Además, tuve en cuenta en cierto número de adiciones algunos de los más importantes acontecimientos tras la muerte de Stalin —la crisis de sucesión y el discurso de Kruschev ante el XX Congreso del Partido—, así como nueva información sobre el régimen de Stalin obtenida de nuevas publicaciones. Así es que revisé la Tercera Parte y el último capítulo de la Segunda Parte, mientras que la Primera Parte, referente al antisemitismo, y los primeros cuatro capítulos sobre el imperialismo permanecían inalterados. Por otro lado, existían ciertos atisbos de una naturaleza estrictamente teórica, que yo no poseía cuando concluí el manuscrito original, terminado con unas «Observaciones concluyentes» que eran más bien inconclusivas. El último capítulo de esta edición, «Ideología y terror», reemplazó a aquellas «Observaciones», que, hasta el grado en que todavía eran válidas, fueron trasladadas a otros capítulos. En la segunda edición yo había añadido un Epílogo en el que examinaba brevemente la introducción del sistema ruso en los países satélites y la revolución húngara. Este examen, escrito mucho más tarde, era diferente en su tono, ya que se refería a acontecimientos contemporáneos y se tornó anticuado en muchos detalles. Ahora lo he eliminado, y éste es el único cambio sustancial de esta edición en comparación con la segunda (la de bolsillo). Resulta obvio que el final de la guerra no significó el final del Gobierno totalitario en Rusia. Al contrario, fue seguido por la bolchevización de Europa oriental, es decir, la extensión del Gobierno totalitario, y la paz no ofreció más que un significativo punto de inflexión desde el que analizar las similaridades y diferencias en métodos e instituciones de los dos regímenes totalitarios. Lo que fue decisivo no fue el final de la guerra, sino la muerte de Stalin ocho años más tarde. Retrospectivamente parece que esta muerte no fue simplemente seguida por una crisis de sucesión y un «deshielo» temporal hasta que hubiera logrado afirmarse un nuevo líder, sino por un auténtico, aunque nunca inequívoco, proceso de destotalitarización. Por eso, desde el punto de vista de los acontecimientos, no había razón para actualizar ahora esta parte de mi obra; por lo que a nuestro conocimiento del período en cuestión se refiere, no ha cambiado drásticamente lo suficiente para exigir extensas revisiones y adiciones. En contraste con Alemania, donde Hitler empleó conscientemente su guerra para desarrollar y, valga decir, perfeccionar el Gobierno totalitario, el período de la guerra en Rusia fue un período de suspensión temporal de la dominación total. Para mis propósitos son de máximo interés los años desde 1929 a 1941 y posteriormente de 1945 a 1953, y nuestras fuentes para estos períodos son tan escasas y de la misma naturaleza que lo eran en 1958 e incluso en 1949. Nada ha sucedido, ni es probable que suceda en el futuro, que pueda presentarse con el mismo inequívoco final de la historia o las mismas pruebas horriblemente claras e irrefutables con que documentarlo como sucedió en el caso de la Alemania nazi. La única adición importante para nuestro conocimiento, el contenido del Archivo de Smolensko (publicado en 1958 por Merle Fainsod) ha demostrado hasta qué punto seguirá siendo decisiva para todas las investigaciones sobre este período de la historia rusa la escasez de la más elemental documentación y de material estadístico. Porque aunque los archivos (descubiertos en la sede del partido en Smolensko por los servicios alemanes de información y capturados luego en Alemania por las fuerzas de ocupación americanas) contienen unas 200.000 páginas de documentos y se hallan virtualmente intactos en lo que se refiere al período comprendido entre 1917 y 1938, la cantidad de información que no nos pueden proporcionar es verdaderamente sorprendente. Incluso con «una casi inabarcable abundancia de material sobre las purgas» desde 1929 a 1937, no contienen indicación del número de víctimas ni de otros vitales datos estadísticos. Donde dan cifras, éstas son desesperanzadoramente contradictorias; las diferentes organizaciones proporcionan series distintas, y lo que llegamos a saber de forma indudable es que muchas de esas cifras, si llegaron a existir, fueron retiradas por orden del Gobierno. Además, el Archivo no contiene información sobre las relaciones entre las diferentes ramas de la autoridad, «entre el partido, los militares y el NKVD», o entre el partido y el Gobierno, y se muestra mudo respecto de los canales de comunicación y mando. En suma, no sabemos nada acerca de la estructura de la organización del régimen, de la que estamos tan bien informados con respecto a la Alemania nazi. (Arendt, 1998)

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